Sostenibilidad débil y fuerte

Como se ha visto en las sesiones anteriores, el PIB no es un indicador adecuado para medir el bienestar de las personas ni tampoco para medir la sostenibilidad de las economías. Para ello, será necesario utilizar indicadores biofísicos que, por ejemplo, relacionen el consumo de energía y materiales de la economía en cuestión, además de los residuos generados, con los diferentes ciclos ecológicos.

En el Informe Brudland de 1987, titulado Nuestro Futuro Común, se define desarrollo sostenible como el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presentes in comprometer la capacidad de las generaciones futuras en satisfacer sus propias necesidades. Así, el desarrollo sostenible es un concepto que va más allá del crecimiento económico, y el informe introduce, dentro del concepto de crecimiento, una serie de ideas para que éste sea sostenible. Menciona la necesidad de reducir el consumo de materiales y energía por parte de las economías. Sostiene que los efectos del crecimiento deben ser más equitativas, indicando que una mejor distribución de la renta daría calidad al crecimiento.

El informe también menciona el déficit tecnológico de los países pobres, un sistema de financiamiento internacional deficiente, las problemáticas derivadas de los programes de ayuda del Banco Mundial y el fondo Monetario Internacional, y el proteccionismo de los países ricos.

Sin embargo, el informe no ataca el modelo de crecimiento económico instaurado en occidente. No define el concepto de necesidades (e.g. subsistencia, aspectos culturales y políticos, etc.) ni explicita el número de generaciones futuras. Sí que hace referencia a la “necesidad” de que las economías, ricas y pobres, deberían experimentar un crecimiento sostenido de entre un 3 y un 5% anual. Al respecto, encontramos voces críticas que cuestionan la viabilidad de crecer indefinidamente en un planeta finito. Por ejemplo, Kenneth Boulding (1966) dice que debemos movernos de la economía del cowboy a la economía de la tierra como una nave espacial. Haciendo referencia a que los humanos primitivos y las primeras civilizaciones que se veían a si mismos como viviendo en una planicie virtualmente ilimitada, y donde siempre había un lugar donde ir cuando las cosas se ponen demasiado complicadas. Por el contrario, la tierra es un sistema limitado en términos materiales que no puede crecer para mantener un crecimiento económico indefinido (ya sea para los requerimientos materiales como para actuar de sumidero de la contaminación y los residuos generados).

También está Herman Daly, quien propone lo que se conoce como la economía de estado estacionario: Una economía con una población y stock de artefactos constantes, mantenidos a unos niveles deseables y suficientes por unos flujos (de energía y materiales) lo más bajos posibles, desde la primera etapa de producción hasta la última etapa de consumo. Herman Daly dice que la la escala de la economía tiene un límite máximo, y hasta que la superficie de la tierra no empiece a crecer a una tasa igual a la tasa de interés uno no debería tomarse en serio las actitudes optimistas sobre el crecimiento económico.

Según esto, podemos entender la sostenibilidad como el reconocimiento de mantener las siguientes funciones de regulación (e.g. clima, inundaciones, erosión), de apoyo (e.g. proporcionando espacio y substrato para asentamientos humanos y animales, desarrollo de la agricultura, etc.), productivas (e.g. O2, H2O, alimentos, combustibles, etc.) y funciones informativas (e.g. estética, espiritual, etc.) del medio ambiente. Pero podemos distinguir entre los conceptos de sostenibilidad fuerte y sostenibilidad débil.

La idea de sostenibilidad débil se basa en el mantenimiento en el tiempo de la suma del capital natural y el capital hecho por los humanos (Pearce y Turner 1990). Dicho de otra manera, se basa en la habilidad de mantener la capacidad de producción y consumo. Asume que somos capaces de substituir recursos naturales (no renovables) por capital producido por los humanos (Solow, 1993). También considera que el mantenimiento de un stock de capital natural (definido apropiadamente) a un nivel constante en el tiempo, es necesario para mantener el bienestar agregado de la sociedad (Solow, 1986). Así, para ser (débilmente) sostenible, una parte de la producción se consume ahora y el resto debe ser invertido en capital reproducible para ser usado en la producción futura. En otras palabras, lo que debe ser conservado en el largo plazo es la capacidad generalizada de producir bienestar económico.

El concepto de sostenibilidad débil se basa en 3 supuestos:

  • La posibilidad de substitución de los bienes y servicios ambientales por el capital manufacturado por los humanos. Esto niega la importancia de las funciones ambientales, muchas d las cuales no se pueden substituir.
  • La substitución de factores (o capitales en este caso) asume la plena reversibilidad de los procesos. Según esto, la contaminación o el desgaste de los materiales y la energía se podrían revertir. Pero gracias a la termodinámica, y en especial a la segunda ley de la termodinámica, sabemos que en el mundo real existe la irreversibilidad de ciertos procesos.
  • La creencia que el crecimiento económico tendrá un efecto positivo recuperación o en la conservación del medio ambiente.

Por otro lado, la sostenibilidad fuerte sostiene que hay límites a la degradación ambiental, y lo que se ha de mantener es el capital natural (y no la suma del capital manufacturado y el natural). Así, existen ciertos servicios que nos ofrece la naturaleza que son necesarios para el mantenimiento y regulación de los sistemas y que no se pueden substituir por capital construido por los humanos (Noël & O’Connor 1998).

Todo esto nos presenta el siguiente problema; el uso del concepto de capital natural implica acceptar que se puede hacer una valoración econòmica/monetaria de los recursos, lo que permitiría el cálculo de su depreciación, lo cual no es possible para la mayor parte de los recursos. Así, para la implementación de la sostenibilidad duerte se debieran aplicar ciertos criterios  operatives en función del recurso que se analiza, con el objectivo de no interferir o minimitzarlos con las funciones naturals que dan soporte a la vida.

  • Recursos continuos (e. Energia solar): se puede aprovechar casi sin limitaciones
  • Recursos renovables (e.g. suelos, agua, etc.): la tasa de aprovechamiento debe ser igual o menor a la tasa de regeneración
  • Recursos no renovables (e.g. Combustibles fósiles y los minerales): el agotamiento de los recursos es sostenible si la disminución de la demanda lo hace en igual proporción

Para el caso de los residus:

  • Residuos flujo: (e.g. CO2, CH4, inertes, etc.): la tasa de deposición debe ser menor que a tasa de regeneración y absorción por parte del medio
  • Residuos acumulativos (e.g. Nucleares, metales pesados, etc.): cualquier descarga disminuirà la pureza del medio receptor. En este caso, el principio de equidad intergeneracional diria que estos residus no generen nunca.

 

Es así que se han desarrollado una serie de indicadores biofísicos que, de una forma u otra, evalúan el uso de recursos naturales y la deposición de residuos en el medio ambiente para la evaluación de la sostenibilidad de los sistemas socio-económicos.

Ejemplos de indicadores biofísicos son la Huella Ecológica o el HANPP.

El HANPP (Human Appropiation of Net Primary Production) mide, como su nombre lo indica, la apropiación humana de la producción primaria neta de los ecosistemas. ¿Qué quiere decir esto? Pues que las plantas obtienen energía del sol para realizar la fotosíntesis. La glucosa total producida en el proceso de fotosíntesis se le llama Producción Primaria Bruta. De ésta, una parte es usada para la respiración celular; es decir, para suministrar energía para los procesos celulares. La glucosa remanente queda disponible como biomasa. A lo que se le llama Producción Primaria Neta (Vitousek et al. 1986). Así, el HANPP evalúa la cantidad de producción primaria neta que es apropiada por los humanos (por ejemplo, en la obtención de productos agrícolas, madera, leña, etc.), midiendo cómo los cambios de usos por la actividad humana afecta la disponibilidad de energía para os ecosistemas. Agricultura, explotación forestal y urbanización alteran la biomasa de los ecosistemas y por lo tanto alteran su disponibilidad para otras especies.

La huella ecológica por su parte mide el área de territorio ecológicamente productivo (cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos) necesario para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos producidos por una población determinada con un nivel de vida específico de forma indefinida, sea donde sea que se encuentra esta área (Rees & Wackernagel, 1996).

Es una medida de la cantidad de tierra productiva y agua que necesita un individuo, una ciudad, un país o la humanidad para producir todos los recursos que consumen y absorber todos los residuos que genera, utilizando las tecnologías existentes. La Huella Ecológica se mide en hectáreas globales, la cual se define como una hectárea de espacio biológicamente productivo con productividades medias mundiales. En resumen, mide cuán rápido consumimos recursos y generamos residuos, comparado con la rapidez con que la naturaleza puede absorber los residuos y generar nuevos recursos. La Huella ecológica considera los campos para producir alimentos, las pasturas para la ganadería, el mar para sostener las capturas pesqueras, los bosques para producir madera y pulpa, las construcciones urbanas, carreteras e infraestructuras y la superficie necesaria para producir la energía consumida.

 

Referencias

Boulding, K.E., 1966. The economics of the coming spaceship Earth

Noël & O’Connor 1998. Strong Sustainability and Critical Natural Capital. Chapter 4 in: S. Faucheux & M. O’Connor (eds). Valuation for Sustainable Development, Edward Elgar, Cheltenham UK

Pearce D.W., Turner R., 1990. Economics of Natural Resources and the Environment, Harvester Wheatsheaf.

Rees W., Wackernagel M., 1996. Urban ecological footprints: Why cities cannot be sustainable—And why they are a key to sustainability. Environmental Impact Assessment Review 16(4–6), pp. 223-248

Solow, R., 1986. On the intergenerational allocation of natural resources. Scandinavian Journal of Economics 88 (1), pp.: 141-149

Solow, R., 1993. An almost practical step toward sustainability. Resources Policy, vol 19 (3), pp.: 162-172

Vitousek P.M., Ehrlich P.R, Ehrlich A.H., Matson P.A., 1986. Human appropiation of the products of Photosyntesis. Bioscience 36(6); pp. 368-373